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Esencialmente humano

Pildoras de mis lecturas

El amor se exterioriza hacia afuera con con­ductas. De manera similar, el amor a uno mismo debe expresarse con comportamientos tangibles, aunque la cultura los vea mal.

¿Por qué debemos ser miserables con nosotros mis­mos? ¿Cuántas veces nos autoelogiamos, nos damos gustos y nos contemplamos? No suele haber tiempo para eso. Si el trabajo dignifica al hombre, el descanso y la recreación también. Planeamos con una exactitud rigurosa los compromisos asumidos, horarios de trabajo, presupuestos económicos, visitas de condolencia, cambios de aceite al carro, idas al dentista, etc. El tiempo libre es, en cambio, considerado como un efecto resi­dual, algo que "sobra" después del trabajo y que muchas veces no sabemos qué hacer con él. El trabajo es sagrado y nuestro tiempo libre no. ¡No hay tiempo! El descanso se ha reducido a una función pasiva de recuperación de fuerzas. Muchas personas no duermen, ¡se desmayan!

Debemos, disponer de tiempo para los hijos, la pareja, los padres, pero no se nos ocurre utilizar algunas horas en beneficio propio. Pensamos que el tiempo mejor aprovechado es el destinado a producir bienes materiales o dinero. No nos interesa producir salud mental. Muchos de mis pacientes se sienten culpables cuando están sentados debajo de un árbol mirando cómo se mueven las hojas.

El miedo a caer en el ocio ha desarrollado un patrón de conducta hiperactivo. Irracionalmente creemos que es fundamental mantenerse "activos" casi todo el tiempo, o sea, haciendo algo. . Es un acto de irresponsabilidad no dedicar tiempo a ti mismo.

Quererse a sí mismo, en principio, no debería ser distinto a querer a otros. Cuando amamos a alguien, intentamos hacérselo saber con actos dirigidos a pro­ducirle bienestar y satisfacción. De manera similar, de­bes demostrarte a ti mismo que te quieres con actos dirigidos a producir autobienestar y autosatisfacción.

Es absurdo que algo tan obvio no se cumpla. Desde niños se nos inculca que el autocontrol y la posterga­ción de lo placentero nos diferencia de los animales. Pen­sar que los humanos jamás deben reaccionar a sus de­seos de manera inmediata y que deben aprender a esperar, se ha exagerado sin lugar a dudas. Postergar los refor­zadores puede ser una habilidad importante en una die­ta, para dejar de fumar o intentar no ser agresivo, pero si hacemos de la postergación del placer una manera de vivir, nos convertiremos en zombis. La vida irá perdiendo lentamente su lado ameno y satisfactorio. El costo es la insensibilidad. El estar con el freno de emergencia puesto las veinticuatro horas, viendo si es prudente, adecuado, conveniente o no, puede llevarte al letargo afec­tivo y a la indiferencia absoluta. Perderás la capacidad de vibrar y de emocionarte. Crearás una coraza y te acostumbrarás a lo rutinario. '

La idea rígida del cumplimiento y el deber para con los otros nos ha hecho olvidar el com­promiso que hemos contraído con nosotros mismos al llegar a este mundo: crecer como personas.Y es imposi­ble crecer si no nos queremos a nosotros mismos.

Pildoras


La cultura nos ha enseñado a llevar un ga­rrote invisible, pero doloroso, con el que nos golpeamos cada vez que equivocamos el rumbo o no alcanzamos las metas personales. Si fra­casamos, decimos:"Dependió de mí"; si logramos el éxito: "Fue pura suerte

Algunas personas, por tener un sistema de autoevaluación inadecuado, adquieren el "vicio" de autorrotularse negativamente por todo. En vez de decir:"Me com­porté torpemente", dicen: "Soy torpe". Utilizan el "soy un inútil" en vez de "me equivoqué" en tal o cual cosa.

¿Cómo se llega a tener un autoconcepto ne­gativo? Una forma típica es a través de la autocrítica excesiva. Los humanos utilizamos estándares internos, esto es, metas y criterios internalizados (aprendidos) so­bre la excelencia y lo inadecuado. Estos estándares se desprenden del sistema de creencias, valores y necesida­des que poseemos. Una elevada autoexigencia produci­rá estándares de funcionamiento altos y rígidos. Sin embargo, si bien es importante mantener niveles de exi­gencia personal relativa o moderadamente altos para ser competentes, el "cortocircuito" se produce cuando es­tos niveles son irracionales, demasiado altos e inalcan­zables. La idea irracional de que debo destacarme en casi todo lo que hago, que debo ser el mejor a toda costa y que no debo equivocarme, son imperativos que llegan a volverse insoportables.

Si posees criterios estrictos para autoevaluarte, siempre tendrás la sensación de insuficiencia. Tu orga­nismo comenzará a segregar más adrenalina de lo nor­mal y la ansiedad interferirá con el rendimiento necesa­rio para alcanzar las metas. Entrarás al círculo vicioso de los que aspiran cada día más y tienen cada día menos. Los estándares irracionales harán que tu con­ducta nunca sea suficiente. Pese a tus esfuerzos, las metas serán inalcanzables. Al sentirte incapaz, tu autoevaluación será negativa. Este sentimiento de ineficacia y la imposi­bilidad de controlar la situación te producirán estrés y ansiedad, los que a su vez afectarán tu rendimiento ale­jándote cada vez más de las metas.

Si eres demasiado autoexigente y autocrítico, utilizarás un estilo dicotómico. Esto quiere decir, de ex­tremos. Las cosas sólo serán blancas o negras, buenas o malas.

Verás la realidad con una especie de binoculares donde los tonos medios, los matices v las tonalidades no existen. "Soy exitoso o soy fracasado". Absurdo. No hay nada absoluto. Todo depende del cristal con que se mire.

La peor manera de tratarte es con impaciencia y menosprecio. Por querer ver el árbol no verás el bosque. La autoobservación negativa, al igual que la autoevaluación y el autocastígo, genera estrés, disminuye el rendimiento, maltrata el ego y a largó plazo, afecta el autoconcepto.

La estabilidad ab­soluta no existe. Es un invento de los que temen al cam­bio. La famosa "madurez", tomada al pie de la letra, es el preludio de la descomposición. Ceñirte ciegamente a los estándares propios o externos es coartar tu libertad de pensar. Perderías la capacidad de decisión y de crítica objetiva. No temas revisar, cambiar o modificar tus metas si ellas son fuente de sufrimiento, aunque a tus vecinos no les guste.

Ser flexible es, sin lugar a dudas, una virtud de las personas inteligentes.

Veamos una guía que puede servirte para sal­vaguardar tu autoconcepto del autocastigo indiscrimi­nado.

  1. Trata de ser más flexible, tanto con otros como contigo.

Cuando evalúes, evita utilizar palabras como siempre, nunca, todo o nada. No rotules a las personas, tú incluido, con totali­dades. Tal como decía un destacado psicólogo, no es lo mismo decir: "Robó una vez", a decir: "'Es un ladrón". Las personas no "son", simplemente se comportan.

a. Permítete no ser tan normativo. Eso no te hará un delincuente. Si tienes cinco días para pagar una cuenta, págala al quinto, y si no hay riesgo legal, al sexto o séptimo.

b. Trata de no ser perfeccionista. Desorganiza tus hora­rios, tus ritos, tus recorridos, tu manera de orde­nar las cosas, etc. Convive con el desorden una se-mana. Piérdele el miedo.

c. No rotules, ni te autorrotules. Intenta ser benigno. Habla sólo en términos de conductas.

d. Concéntrate en los matices. Piensa más en las alter­nativas y las excepciones a la regla. La vida está compuesta de tonalidades más que de blancos y negros.

e. Escucha a las personas que piensan distinto de ti. Esto no implica que debas necesariamente cambiar de opinión, simplemente escucha. Deja entrar la in­formación y luego decide.

2. Revisa tus metas y las posibilidades reales para alcanzarlas

No te coloques metas inalcanzables. Exígete a ti mismo de acuerdo con tus

posibilidades y habili­dades.

3. No autoobserves sólo lo malo

Si sólo te concentras en tus errores, no verás tus logros.

4. No pienses mal de ti

Sé más benigno con tus acciones. Afortunadamente no eres perfecto. No te insultes

ni te irrespetes.

Recapitulemos y aclaremos. La autocrítica moderada, la autoobservación objetiva, la autoevaluación constructiva y el tener metas racionalmente altas son conductas necesarias. Muy posiblemente han cola­borado en la adaptación del ser humano. Estos procesos no son malos en sí mismos, depende de cómo se utili­cen y para dónde apunten. Mal utilizados, de manera rígida, dura, destructiva y compulsiva, afectan el autoconcepto.

Utilizados adecuadamente sirven como una guía alentadora. Socialmente hablando, no se ha en­señado a hacer un buen uso de ellos. Se nos presenta la autocrítica despiadada como un valor y como la llave del éxito; pero, posiblemente por desconocimiento, no se nos ha alertado sobre sus posibles consecuencias. Evi­tando un extremo, indudablemente pernicioso (la po­breza de espíritu, la pereza, el fracaso, el ser "poco" y el no tener metas en la vida), se ha llevado el péndulo ha­cia el otro extremo, igualmente dañino y nocivo.

Eres una máquina especial den­tro del universo conocido, no te maltrates. Exígete, pero dentro de límites razonables. No reniegues de ti.

Pildoras de mis lecturas

Pildoras de mis lecturas

Es necesario tus comentarios en relación a este nuevo tema, justo debajo de cada articulo tienes el enlance de comentarios para ello.

Esto me anima a seguir enriqueciendo el blog...gracias José Goyo

Mensaje de Cruz Roja Internacional



Esta es una recomendación de la

Cruz Roja a nivel mundial:

Las ambulancias y emergencias médicas se han dado cuenta de que a menudo, en los accidentes de carretera, los heridos llevan consigo un teléfono celular. Sin embargo, a la hora de intervenirles, no se sabe a quién contactar de la larga lista de números.

Nos lanzan, por tanto la idea de que todo el mundo añada a su agenda del teléfono celular el número de la persona a contactar en caso de urgencia, bajo el nombre: 'AA en caso de Emergencia' , (las letras AA es para q que aparezca siempre como primer contacto en la lista). Es sencillo, no cuesta nada y podría ayudarnos mucho. Si te parece bien, pasa este mensaje al mayor número posible de personas. Al fin y al cabo es un dato más que registramos en segundos y puede ser nuestra salvación.

LA VIDA EN TRES TIEMPOS

Recientemente una profesora muy joven, que viajó de Polonia a Brasil, impartió un seminario y, con mucha lucidez, aportó puntos importantes para la reflexión de su auditorio.

Ella dijo lo siguiente:

********

"Ya viví lo suficiente para presenciar tres períodos distintos en el comportamiento de las personas.

El primero lo viví en la infancia, cuando aprendí de mis padres que era preciso ser.

Ser> honesta, ser educada, ser digna, ser respetuosa, ser amiga, ser leal...

Algunas décadas más tarde, fui testigo de la fase del tener.

Era preciso tener.

Tener buena apariencia, tener dinero, tener status, tener cosas, tener y tener...

En la actualidad, estoy presenciando la fase del "haz-de-cuenta".

Analizando este punto de vista, llegaremos a la conclusión de que hoy, muchas personas hacen de cuenta que todo está bien.

Padres hacen de cuenta que educan, profesores hacen de cuenta que enseñan, alumnos hacen de cuenta que aprenden, profesionales hacen de cuenta que son competentes, gobernantes hacen de cuenta que se preocupan con el pueblo y hay pueblos que hacen de cuenta que lo creen.

Personas hacen de cuenta que son honestas, líderes religiosos que se hacen pasar por representantes de Dios y fieles que hacen de cuenta que tienen fe

Enfermos hacen de cuenta que tienen salud, maleantes hacen de cuenta que son dignos y la justicia hace de cuenta que es imparcial.

Traficantes se hacen pasar por ciudadanos de bien y consumidores de drogas hacen de cuenta que no contribuyen con ese mercado del crimen.

Padres que hacen de cuenta que no saben que sus hijos usan drogas, que se prostituyen, que se están matando poco a poco e hijos que hacen de cuenta que no saben que sus padres saben.

Corruptos se hacen pasar por idealistas y terroristas hacen de cuenta que son justicieros.

Y la mayoría de la población hace de cuenta que todo está bien.

Pero una cosa es segura:

No podemos hacer de cuenta cuando nos miramos en el espejo de la propia conciencia.

Podemos inclusive encontrar disculpas para explicar nuestros haz-de-cuenta, pero no los justificamos.

Es importante resaltar, sin embargo, que esa representació n de cada día, ese haz-de-cuenta causa perjuicios para aquellos que echan mano de este tipo de comportamiento.

La persona que actúa así termina confundiéndose a sí misma y cayendo en un vacío, pues ni ella misma sabe de hecho quien es y acaba traicionándose en algún momento.

Y esto es extremadamente extenuante y desgastante.

Raras personas son realmente auténticas. Por eso se destacan en los ambientes en que se mueven.

Son aquellas que no representan, apenas son lo que son, sin hacer de cuenta. Son profesionales éticos y competentes, amigos leales, padres celosos en la educación de sus hijos, políticos honestos, religiosos fieles a las enseñanzas que imparten. Son, en fin, personas no complicadas, de actitudes simples, pero coherentes y, sobre todo, fieles consigo mismas.

La persona que vive de apariencias o finge ser quien no es, corre serios riesgos de caer en la depresión. Esto es perfectamente comprensible por la batalla que traba consigo misma y el desgaste para mantener una realidad falsa.

Si es fácil engañar a los demás, es imposible engañar a la propia conciencia. Por todas esas razones, vale la pena ser quien se es, aunque eso no le agrade a los demás.

Al final, no es a los demás que rendiremos cuentas de nuestras acciones, sino a nuestra conciencia y a Dios.

¿FRAUDE FLORAL?

¿FRAUDE FLORAL?

HERBOLARIA Y FLORES DE BACH

Por Ladislao Vadas

Entroncado con el animismo, la religión y la magia, se encuentra el curanderismo, práctica milenaria propia de la nesciencia. Entre la gente simple, es común escuchar la eterna cantinela: "Después de haberme cansado de recorrer los consultorios médicos, acudí a un curandero y ahora me siento bien".

La explicación de este "fenómeno" es otro estribillo: "Si el 'paciente' fue curado por las artes de un curandero es que, o nunca estuvo enfermo, o si lo estuvo se mejoró por sugestión".

¡Esto último es la verdad! El segundo estribillo está acertado, pero hay que añadir una variante: pudo haber habido un fraude urdido entre paciente y curandero.

Pero lamentablemente, estas explicaciones siempre caen en saco roto. Yo se las he dado una y mil veces a todas aquellas personas que venían a narrarme hechos espectaculares de curaciones espontáneas, de la eficiencia de la iridiología para los diagnósticos, de la efectividad de la herbolaria, de las bondades de la acunputura, de la quiropraxis, de los productos homeopáticos, de las flores de Bach y cientos de cosas por el estilo. Mas transcurrido un tiempo, "volvían a la carga" como si las explicaciones lógicas les entraran por un oído y le salieran por el otro.

La credulidad, lamentablemente por evidencia, es más fuerte que el razonamiento. La razón queda ofuscada ante el sentimiento religioso, ante la superstición, ante la sugestión que algunos llaman hipnosis y la bien o mal denominada psicosis colectiva bajo cuyo influjo el individuo puede quedar convencido de cualquier disparate y falsedad.

Dentro del ámbito del curanderismo suele haber modas como en el vestir, la música, las canciones, ciertas palabritas o frases y, en mil manifestaciones humanas más.

Tomemos como paradigma "el método de curación" mediante las flores de Bach que, por fuerza de la promoción, ha alcanzado gran popularidad.

¿Cómo fueron descubiertas las "mágicas" flores de Bach con sus presuntos poderes curativos?

Fue Edward Bach, un místico de la naturaleza, quien inventó la "terapia" floral. Admirador del homeópata Samuel Hahnemann y enamorado de la naturaleza, ideó un método sobremanera romántico para combatir dolencias. Había nacido en 1886, cerca de Birmingham.

Según su biografía, fue durante sus correrías por Gales, lugar que le atraía, en contacto con pájaros, árboles y flores silvestres, cuando concibió la idea de curar mediante una forma simple toda enfermedad. ¡Simples sueños de un bucólico romántico!

Sin embargo, siguió la carrera médica en Londres, pero pronto se inclinó hacia la homeopatía. Leyó el "Organon del arte de curar", escrito por Hahnemann, y quedó subyugado con el "acierto" del inventor de la homeopatía en utilizar remedios tomados de la naturaleza: plantas, hierbas, musgos y otros yuyos traicioneros para la salud... justamente lo natural que él tanto veneraba.

En este punto, es necesario estar atento para comprender la pretendida terapia de Bach, quien sin duda poseía las mejores intenciones de aliviar el sufrimiento humano (aún sentía pena por los animales enfermos). Vemos que el compasivo Bach antepuso una creencia, la convicción de que la sabía naturaleza era la que poseía las propiedades curativas más efectivas que las de los medicamentos elaborados artificialmente en los laboratorios químicos. Hombre práctico que desdeñaba la teoría (sin advertir que esta se elabora precisamente en base a largas experiencias acumuladas por hombres que han destinado toda su vida a la investigación) prefería fundarse en sus propias observaciones y experiencias. Ya siendo estudiante, dedicó poco tiempo a los libros, craso error cometido, causa de que tantos pacientes hayan perdido un tiempo precioso con sus flores en vez de acudir a la ciencia profunda para recuperar la salud. La experiencia práctica y la observación eran para él la única manera de aprender (sin advertir que de este modo es imposible que alcance una vida entera para colocarse a la par de los conocimientos teórico-prácticos acumulados a lo largo de generaciones, que adquiere el médico universitario).

Pero ¡en fin! fueron cosas de un ingenuo que, con toda la mejor intención y buena voluntad del mundo antepuso sus creencias, en este caso en la "diosa Naturaleza", para elaborar su propio método terapéutico que, a la postre y paradójicamente resultó ser peligroso para los propios enfermos, ya que distrae a aquellos que padecen de una dolencia grave necesitados de una atención urgente que brinda la tecnología medica actual de detección y tratamiento precoz de las patologías. Los otros, los que se sienten mal y no saben por qué, y en quienes los médicos no encuentran la causa de su problema, esos se "curan" por sugestión tanto con la administración de un "remedio" preparado con flores de Oak (roble) o Mimulus o Clematis, por ejemplo, como con "palabras mágicas" o un placebo.

Veamos algunos casos:

"Una mujer de treinta años de edad había sufrido de asma durante muchos años y cuando se la vio por primera vez se estaba recuperando de una neurastenia.

"Estaba deprimida y había perdido las esperanzas de curarse y tenía miedo de no poder trabajar para ganarse el sustento.

"La desesperanza indicaba gorse (flor de tojo o aliaga), y el temor a la pérdida del trabajo, el remedio mimulus (mímulo). Se le administró el primer frasco de medicina el 22 de abril de 1933 y al cabo de algunos días se observó cierta leve mejoría. Se sentía en condiciones de volver al trabajo, dormía y comía mejor; también la respiración era menos dificultosa. No había vuelto a tener serios ataques.

"Su estado variaba de un día a otro: un día se sentía mucho mejor, al día siguiente volvía a caer en su estado de desesperanza, perdiendo interés en su trabajo. Entonces el 25 de mayo se le dio Gorse, Sclerantus y Clematis por la pérdida de interés. Se repitió esta prescripción hasta fines de junio y se sintió muy bien, no habiendo tenido ataques de asma durante las últimas seis semanas; pero, en diciembre del mismo año sufrió otro ataque de asma y se le dio otro frasco de medicina. Su estado general había sido bueno y había estado trabajando todo el tiempo". (Nora Weeks, Los descubrimientos del Dr. Edward Bach, Buenos Aires, Lidium 1993, pág. 98).

Verdaderamente, esta no ha sido ninguna hazaña del método Bach. Se sabe desde hace bastante tiempo que el asma es una afección muy "caprichosa". Mi pobre madre, en sus últimos años padeció de ella. Depende mucho del estado de ánimo del paciente. Recuerdo que mi madre enviaba periódicamente desde América del Sur a mi abuela asmática radicada en Europa, unos cigarrillos balsámicos que decían que la aliviaban. Fue un tratamiento "eterno", a la par de los fármacos con los cuales no se obtenían más que alivios pasajeros por sugestión. Siempre sobrevenía la recaída.

Se sabe que el asma bronquial es de origen alérgico. La hipersensibilidad puede ser debida a diversos agentes, en particular polen, polvo, alimentos, fármacos y bacterias. Un segundo factor patológico es la predisposición hereditaria. Por último, puede existir un factor psicosomático, de modo que la crisis asmática puede precipitarse por un estrés emocional y precisamente la definición de estrés reza: "Situación de un individuo o de alguno de sus órganos o aparatos, que por exigir de ellos un rendimiento muy superior al normal, los pone en riesgo próximo de enfermar".

Más evidencia

En otro caso: "Una mujer de mediana edad sufría profundas crisis de depresión que afectaban su estado general de salud. Dormía mal, no tenía apetito y estaba perdiendo peso rápidamente.

"Hacía grandes esfuerzos por estar bien, luchaba contra la apatía y depresión y trataba de olvidar sus dificultades en el trabajo. Tendía a ser estricta consigo misma, se permitía pocos placeres y tenía ideales y principios muy rígidos. Sus esfuerzos por estar bien y la lucha que mantenía para superar sus dificultades indicaban el remedio Oak; la apatía y pérdida de interés durante los ataques de depresión, Clematis; las ideas fijas y la determinación, Rock water.

"Estuvo encantada con los resultados del primer frasco. Los ataques depresivos eran menos frecuentes y resultaba más fácil liberarse de ellos, se sentía físicamente más fuerte, comía y dormía mejor.

"La prescripción se repitió tres veces durante dos meses siguientes, y al finalizar dicho lapso ella se consideró curada. -Atención a este punto: ella se sintió curada"). Se sentía alegre e interesada en su trabajo, comía y dormía normalmente, y comenzó a disfrutar de los placeres simples a los que había renunciado hasta entonces". (Obra citada, págs. 99 y 100).

¿Y luego? La historia no sigue, y este parece un final de un cuento para niños: "Y vivieron felices comiendo perdices".

Se trata de otro caso de sugestión homeopática. Flores de Bach y Homeopatía se pueden dar la mano ya que "producen" los mismos resultados generalmente pasajeros. El motivo de vivir de esta mujer se identificó con el tratamiento. Se encontró con "algo por qué vivir": ¡curarse! Precisamente curarse de su afección, puramente psíquica, y la fe puesta en el tratamiento con las flores indicadas, con influjos "mágicos" específicos para cada problema le dio el aliciente, el optimismo necesario para salir del marasmo psíquico en que se hallaba.

Que Edward Bach era un místico nos lo atestigua su creencia en la "Protección de un Gran Poder que velaba por él". (Ob, cit. pág. 114).

También se dice de él que "su estado de hipersensibilidad era tal que percibía la enfermedad del próximo paciente que iría a verlo, a veces varias horas antes que dicho paciente llegara". (Ob. cit. pág.120).

Y esto no es todo amigos lectores, ¿saben qué solía ocurrirle a este dotado? ¡Algunas horas antes solía contraer él mismo los síntomas de la enfermedad de sus pacientes!

Esto que "le resultaba muy penoso, le otorgaba tal comprensión y compasión por sus enfermos que éstos de inmediato tenían la certeza de recibir ayuda, tranquilizados por el conocimiento íntimo que Bach tenía de su estado". (Ob. cit. pág.120).

Evidentemente ¡esto ya corresponde al campo de la parapsicología, al rubro: "percepciones extrasensoriales".

Se cuenta que: "en cierta ocasión interrogó a una mujer sobre cual era la planta o árbol que más le atraía en la naturaleza, y contestó sin vacilar: 'cuando veo el brezo ( Heather)' y comprobó que tenía el poder de ayudar a dicho tipo de persona". (Ob. cit. pág. 97). (Aunque no se explica cómo lo hizo).

¿Tiene esto algo de científico? ¿No se parece más bien a un curanderismo?

También habló de series de remedios "y sus ayudantes" y presuponía ciertos poderes misteriosos, naturales y divinos y milagrosos que quizás emanaban cual efluvios de la propia naturaleza floral para cada caso específico según la personalidad o estado de ánimo del paciente. Por ejemplo para la duda y depresión, correspondían gentian y Mustard; para la falta de confianza, Larch; para la debilidad, centaury; para el nerviosismo, mimulus; para la impaciencia, por supuesto Impatiens. Esta lista nos hace recordar los motes homeopáticos.

Aquí, ante supuestas relaciones carentes de todo sentido entre flores y estados anímicos o personalidades, nos hallamos frente a una ingenuidad o ante un mero charlatanismo. Esto y la herbolaria poseen un notable parentesco y es extraño que un hombre con formación médica, haya caído en semejante práctica acientífica. Estaba convencido de que era factible hallar en la naturaleza un método curativo simple, que sanaría todas las enfermedades, incluidas las crónicas e incurables. Para él la personalidad y el problema psíquico del individuo eran más importantes que el cuerpo, para el tratamiento de su enfermedad. Así logró hallar los treinta y ocho remedios florales para cada caso que figuran en su Famacopea.

Creía, además, ser poseedor del don divino de curar con la mano y aseguraba haberlo hecho con sus pacientes. En uno de sus libros afirma que: "Nunca se erradicará ni se curará la enfermedad con los actuales métodos materialistas, por la sencilla razón de que la enfermedad no es material en su origen... La enfermedad es en su esencia el resultado de un conflicto entre Alma y Mente y no se erradicará a no ser con un esfuerzo espiritual y mental", (Edward Bach La curación por las flores, Madrid, EDAF, 1982, pág. 26), olvidándose que los animales también padecen enfermedades. ¿Acaso por duda, incertidumbre, insomnio, desesperanza en la vida, impaciencia y otros problemas psíquicos, o tal vez por preocupaciones personales por afanarse demasiado por el bienestar ajeno, por orgullo o reserva, por rigidez en sus pensamientos a causa de sostener ideales y principios elevados, etc.? Si bien ciertos animales se medican con plantas y hierbas como ciertos monos que se colocan hojas de árboles en las heridas y los perros que ingieren ciertas hojas de gramineas para provocar el vómito cuado se sienten descompuestos, son casos contados, y no se corresponden con lo más arriba señalado.

En otra definición de la enfermedad dice: "La ciencia tiende a mostrar que la vida es armonía, un estado de afinación, y que la enfermedad es la disonancia o un estado en que una parte de un todo no está vibrando al unísono".

De modo que este hombre, ignorando la genética, las enfermedades hereditarias las deficiencias congénitas del sistema inmunológico y pasando por alto el contagio de enfermedades de curso fatal, ha concebido un mundo modelo de perfección de acuerdo quizás con el paradigma que representan las ideas platónicas, o tal vez con la creación de una perfecta armonía de todas las cosas por parte de un demiugo, o del dios omnisciente de los creyentes.

Repetimos que sin duda alguna las intenciones de este soñador han sido excelentes, lástima que el señor Bach, lejos de ser un modelo de salud y longevidad, fue una persona enfermiza y tuvo una vida relativamente breve ya que murió a los cincuenta años sin haber logrado prolongarla en salud mediante las potencias florales.

Ladislao Vadas

EL HOMBRE PROPONE Y DIOS DISPONE

La madeja de la vida se va desenvolviendo con uno; parece seguir los caminos que uno recorre. Aunque creemos desenvolver el hilo de nuestra propia vida es la misma madeja, la vida, la que se desenvuelve señalándonos el camino. Cada acto inconsciente, cada accidente, cada fracaso aparente, tienen un propósito en el tejido de la vida. Ésta es otra lección que me regaló la selva en uno de esos días que nunca terminan, en la dimensión interior del tiempo.

Gilgal, en lenguaje bíblico, significa la tierra prometida. En el trópico, ese paraíso perdido existe y también se llama Gilgal. Cuando pasé la primera vez por allí era aún apenas un sembrado de ilusiones. Un pequeño aeropuerto donde ocasionalmente llegaban las avionetas de los misioneros. Un puñado de colonos ponía sus ilusiones en un lado de la balanza de la vida; en el otro lado, el peso de la malaria y las serpientes venenosas a veces cobraba con la muerte la osadía de soñar.

Era uno de esos días al comienzo del invierno cuando los ríos crecen y la humedad transporta los deliciosos aromas de la cordillera virgen. Había terminado la consulta en que periódicamente atendíamos a los colonos del lugar en la choza que servía como sala de espera -espera que a veces se prolongaba durante semanas enteras- para los eventuales pasajeros que aún confiaban en los llamados vuelos de itinerario. Tenía urgencia de llegar ese mismo día al puesto de salud donde había dejado algunos pacientes hospitalizados. Como la avioneta no aparecía y el cielo se encapotaba cada vez más decidí emprender el regreso a pie por un camino ya conocido. Al anochecer, a buen paso, debería estar llegando al poblado de Unguía. Todo fue bien hasta el río, que bajaba crecido. Esperé, pero cada vez la situación empeoraba; me preocupaba el estado de algunos pacientes que forzosamente debían ser controlados el mismo día.

Cuando al fin decidí que había que buscar otro camino río arriba, más largo, que ofrecía mejores posibilidades para pasar, pensaba si no era un poco injusto que la vida me pusiera trabas semejantes para cumplir con mis deberes médicos. Malhumorado, me sentía cansado y llegué a pensar si no sería un desgaste inútil todo ese trajinar en medio de una naturaleza tan hostil. Ni siquiera disfrutaba esa tarde de los saltos alegres de los monos cotudos, unos grandes simios que, en las orillas del bosque, jugueteaban tirando ramas y frutas para llamar la atención del ocasional caminante.

Al llegar al sitio de cruce el río había bajado lo suficiente. Respiré profundo. Uno siempre respira profundo cuando, en cualquier evento de la vida, piensa que ya pasó al otro lado. Aunque llegaría de noche, por lo menos tenía ya la seguridad de llegar.

Bien poco me duró la ilusión. Observé unos gallinazos que revoloteaban sobre una chocita desolada, a unos cincuenta metros del río. Volví a recordar a la abuela cuando me decía: "El hombre propone y Dios dispone". Esas aves, que en las grandes ciudades pululan, en esa región sólo eran el indicio de la muerte. La altura de las malezas en la vieja trocha me indicaba que hacía muchos días no transitaba nadie por allí. El peculiar y penetrante olor de la carne en descomposición, más notorio aún al contrastar con el olor a tierra recién fecundada que deja la lluvia, me llevó a acelerar los pasos; y también el corazón. Jamás podré olvidar lo que me mostraron los últimos rayos del sol.

Era una choza antigua y descuidada. El rastrojo comenzaba a obstruir el camino de entrada si bien las enredaderas daban una hermosa decoración a las paredes de caña. Algunos huecos -visibles desde fuera- en el techo de paja me hicieron suponer que no estaba el hombre de la casa desde hacía varias semanas. Era una casa herida por los primeros temporales y por la soledad. Sentí el frío interno del abandono; y ese frío fue más intenso en medio del calor sofocante del trópico. Fulgencio había partido hacía varias semanas con algunos compañeros prometiendo regresar a los pocos días. Era un viaje peligroso a otra tierra prometida y allí la malaria le pudo a la ilusión.

El sueño del hijo también se marchó. Ahora, su cuerpecito muerto, al lado de su madre, estaba a punto de ser el alimento de las aves de rapiña. "El hombre propone y Dios dispone" volví a pensar, desolado al ver el cuerpo de una mujer de edad madura tendido sobre un catre teñido de sangre. De pronto advertí un hilo de sangre aún roja, aún tibia. Para mí no fue un hilo de sangre: era un río de vida, era el mar de la vida. No vi más las moscas, ni sentí ya ningún olor. "El hombre propone y Dios dispone" grité en el interior de mi corazón, reconciliado ya con todas las fatigas. Y Dios me dispuso. Introduje las manos hasta las entrañas de la mujer. Con mis manos desnudas, con las uñas, con el alma, extraje la placenta retenida e infectada, causa de la muerte del pequeño. Friccioné el bajo vientre de la mujer para impedir alguna hemorragia aunque el estado de choque era de tal gravedad que ya ni la sangre ni la presión arterial alcanzaban para que pudiera sangrar mucho más. Al anochecer había reunido a algunos colonos del vecindario -que siempre en esos montes es lejano- para transportarla al centro de salud. Antes de la medianoche ya estaba saliendo del estado de choque. Sólo entonces advertí que si yo no tomaba un baño urgente al otro día, sobre mi cama, también podría tener aves de rapiña. Una pesada sensación de lasitud se fue apoderando de mi cuerpo, lo que me hizo recordar que no había experimentado fatiga en toda la noche. Todas las horas habían transcurrido en medio de una energía desconocida para mí, como si una fuente interior brindara la energía necesaria cuando uno se olvida de sí mismo.

Ella vivió. Sobrevivió. Supervivió. Y con ella sus otros pequeños, que aún necesitaban una madre. En mí también sobrevivieron y renacieron muchas cosas. Nació la seguridad de que la vida siempre tiene una dirección y un propósito; que la vida sí tiene sentido.

POTENCIAL DE DESTINO

Al reflexionar sobre mi estado de ánimo, cuando me vi perdido por dentro y por fuera, comprendí que esa confusión aparente era el camino más corto para llevarme a cumplir mi misión como médico.

Podemos ser agentes de esa dirección inteligente más allá de nosotros que se llama destino. Si uno está atento puede ser el forjador de su propio destino.

¿Y qué es el destino? ¿Es acaso la tiranía de una fuerza ciega y oscura que nos arrastra como barcos sin timonel? El destino parece ser el rumbo interior en el que muchos aparentes sinsentidos adquieren su verdadero sentido. El azar es sólo otro nombre que le damos al destino.

Perder el rumbo es a veces una estrategia de ese orden oculto e implícito para recuperar el sentido de vivir. El destino nos lleva a comprender que cada tiempo y lugar son, aunque nos sintamos perdidos, la mejor oportunidad para desarrollar nuestro potencial. Es allí, en el espacio-tiempo interior del ahora y el aquí, donde aprendemos mejor la lección que la vida nos tiene asignada. Pretender estar donde no estamos, ser lo que no somos, vivir en el pasado o en el futuro, nos impide comprender que cuando el río va crecido hay que esperar o tomar otro rumbo; pero ese rumbo exterior no es más que el camino interno que nos lleva a la oportunidad de dar de lo que somos y así encontrar nuestro potencial oculto. El destino es esa meta invisible que da a la vida propósito y sentido.

Nada en el universo ocurre por accidente. Todo obedece a la ley de causa y efecto. Los acontecimientos son la consecuencia de eventos que a veces desconocemos y por ello hablamos de buena o mala suerte, de buen o mal destino. En lo personal, cada uno forja su destino con la suma de acciones, sentimientos y pensamientos que cotidianamente van formando lo que podríamos llamar un potencial de destino. Si mis pensamientos son los de fracaso o mis sentimientos los de víctima esa enorme fuerza se irá condensando y finalmente se hará una realidad. No hay destinos oscuros, hay sombras en el camino del propio destino, sombras que con frecuencia son nuestros propios temores, sitios oscuros de nuestra conciencia. Asumir la posibilidad de transformar nuestro potencial de destino es recuperar el control sobre nuestra vida. Ya no somos víctimas de los otros o de la suerte y entendemos que cada cosa que nos ocurre tiene una razón de ser, viene a enseñarnos algo. Un problema se transforma en una oportunidad para crecer. Comprendemos entonces que cada acto, sentimiento o pensamiento generará en un futuro aquello que llamamos destino; esta comprensión nos torna en responsables de todas nuestras acciones, en artífices conscientes de nuestro destino.

La ley de causa y efecto, cuyos mecanismos estamos lejos de conocer, se manifiesta también a escala social. Para Jung, no hay coincidencias sino sincronicidades. De igual manera que uno se moviliza en respuesta a una llamada telefónica en solicitud de ayuda es posible que la oración sea una llamada poderosa captada desde un nivel superior del ser que nos lleva a responder a través de lo que denominamos acontecimientos del destino. Ante el hecho, cuya posibilidad era infinitesimal, por no decir que nula, de encontrar dos moribundos en la oscuridad de un territorio tan desolado como inmenso, pienso hoy que quizás hubo una comunicación en el plano de las almas. Allí, donde no existe el obstáculo del tiempo o la distancia, el alma respondió a la oración fervorosa de la esposa de Adán y de la de don Fulgencio. Por ello no fue para la primera nada extraño que llegáramos en mitad de la noche. Como ella misma dijo, nos estaba esperando, tenía la seguridad de que su llamada había sido escuchada. Desde esa óptica, los encuentros fortuitos, los extraños retrasos o averías, el avión que nos deja en el último minuto, los impulsos inexplicables para comunicarnos con alguien... pueden no ser más que la manifestación de una red de comunicación que se da en un nivel insospechado de nuestra conciencia. Así, aquel que sabe escuchar las llamadas y avisos que se emiten a través de esa red es tal vez quien puede aprender a cumplir mejor su destino en la sociedad. Día tras día, la selva me fue confirmando que hay una red que nos une, que la comunicación y las acciones a distancia son realmente posibles.

Nota: este artículo pertenece al primer capítulo del libro de Jorge Carvajal "Por los caminos de la Bioenergética" (Editorial Luciérnaga).

Qué pasaría…

Qué pasaría…

Qué pasaría…

¿Qué pasaría... si un día despertamos dándonos cuenta de que somos mayoría?

¿Qué pasaría si de pronto una injusticia, solo una, es repudiada por todos, todos los que somos, todos, no unos, no algunos, sino todos?

¿Qué pasaría si en vez de seguir divididos nos multiplicamos, nos sumamos y restamos al enemigo que interrumpe nuestro paso?

¿Qué pasaría si nos organizáramos y al mismo tiempo enfrentáramos sin armas, en silencio, en multitudes, en millones de miradas la cara de los opresores, sin vivas, sin aplausos, sin sonrisas, sin palmadas en los hombros, sin cánticos partidistas, sin cánticos?

¿Qué pasaría si yo pidiese por vos que estás tan lejos, y vos por mí que estoy tan lejos, y ambos por los otros que están muy lejos y los otros por nosotros aunque estemos lejos?

¿Qué pasaría si el grito de un continente fuese el grito de todos los continentes?

¿Qué pasaría si pusiésemos el cuerpo en vez de lamentarnos?

¿Qué pasaría si rompemos las fronteras y avanzamos y avanzamos y avanzamos y avanzamos?

¿Qué pasaría si quemamos todas las banderas para tener solo una, la nuestra, la de todos, o mejor ninguna porque no la necesitamos?

¿Qué pasaría si de pronto dejamos de ser patriotas para ser humanos?

¿No sé... me pregunto yo... qué pasaría?

Autor: Mario Benedetti